martes, noviembre 25, 2008

Blanquísima Trinidad

Pasear dentro de un Supermercado HI-LO, en Curepe (Trinidad), no resultaba tan agobiante como hacerlo en el Carreour o el Champion. Sin embargo, notaba que existía algún aspecto de mí que llamaba ligeramente la atención. No es necesario sentirse excesivamente observado para darse cuenta que, determinada gente a tu alrededor, te dirige una mirada con cierto atisbo de curiosidad. ¿Sería porqué no me había afeitado aquella mañana (ni las anteriores)? ¿Sería el chaleco molongo estilo “National Geographic” que llevaba puesto? ¿Tal vez mis sandalias “Adidas Christ”?. Umm. Algo cantaba demasiado. Así que, cuando llegué a mi alojamiento, no pude más que acercarme raudo al espejo más próximo e inspeccionarme. Y entonces lo vi con brillantísima claridad: “¡Demonios! ¡Soy blanco!!!”.

Todavía recordaba mi estancia en Rotterdam (Holanda), hace seis años, cuando un chaval de que me pedía papel de liar me preguntó si yo era magrebí. “Almost. Spanish”, contesté rudimentariamente con cierto jocoso sentido del humor. Después de todo, tengo familia de origen extremeño, por lo que no resulta nada inverosímil la posibilidad de ser portador de algún rasgo genético típico del sur (ese sur ocupado tantos siglos por los árabes). Bueno, relativamente. El pasado año, cuando estuve en Marruecos (no, allí no tengo familia), no puede decirse que mi presencia pasara inadvertida como si fuera uno más; Por otro lado, más recientemente, en Pidgeon Point (Tobago), me preguntaron si hablaba español. -Así es-, respondí. -¿De dónde?. – Barcelona. -¡Venezuela!. Negué sin poder evitar sonreir. “España”.

No dejan de ser meras anécdotas. Ni voy a culpar a mis ancestros belloteros porque me tomen por árabe o por latino en determinados lugares del mundo ni puedo decir que el tema me suponga una excesiva preocupación. Tampoco creo que se pueda hacer mucho ante el hecho de ser un blanco en Trinidad y Tobago, un país de población mayoritariamente de origen africano o indio (India). No iba a pintarme la cara. Y, aunque generalmente la gente era muy maja, tampoco podías evitar sentirte algo raro, diferente, como excluido de un colectivo aparentemente homogéneo. Como si la "extrañeza" se contagiara. Eso te vuelve desconfiado, arisco y algo borde, lo cuál no ayuda para nada a la hora de obtener mejores sensaciones. No es necesario ser un Premio Novel para percatarse que vas en sentido contrario. Todo forma parte de la psicología humana, ese indisoluble elemento que forma parte de la esencia del miedo: el temor a lo desconocido y la presunción de hostilidad del extraño. Eso se manifiesta en una idea, esa voz de resuena en tu cabeza diciendo: “soy blanco. Llevo un letrero invisible en la frente que dice “soy turista”; Eso es igual a dinero; Soy un “blanco perfecto”. ¿Es tan estúpido como suena?.

Cuestión visual. Todas las casas en Trinidad tenían rejas. Y la mayoría de las propiedades además contaban con alambradas por encima de las vallas y tancas; A partir de las seis de la tarde, a las mujeres no se les recomienda ir solas por la calle (lo que me convertía automáticamente en escolta); Las barras de los bares tienen barrotes que separan a las camareras de los consumidores. En definitiva: puede decirse que se experimentaba cierta sensación de inseguridad. No es que oyeran disparos, ni gritos ni sirenas. Tampoco amenazas de ningún tipo ni males de ojo. Es más, incluso uno despierta mucha más indiferencia de lo que cree. Pero me seguía mirando y tenía la impresión de ser más albino que Iniesta y brillar más que gusiluz. Sobretodo cuando haces cola. Imagino que el hecho (el único) de que el empleado de una gasolinera nos pidiera 10 T&T$ (un euro y poco) simplemente por decirnos dónde coger una carretera que estaba a 200 metros no ayudó demasiado a dejar de sentirse tan "especial". Por lo que parece, además de blanquipigmentada, alguien cree que también tenemos cara de tonto.

“En todo el mundo hay buena gente y malas personas”, nos disertaba Jamie, un parlanchín y filosófico amigo de San Fernando (Trinidad). “Aún así, en la vida hay que saber superar el miedo. Sed precavidos, pero, por favor, no perdais la oportunidad de conocernos. No hagais como los típicos turistas que van por el mundo dentro de una burbuja. Podeis dar más de si de vuestro viaje”. Y creo que no iba nada desencaminado: cuando vas conociendo a las personas, vas perdiendole el miedo al mundo y a quiénes lo habitan. No se trata de confiar en todo aquel desconocido que te encuentres. Pero tampoco se puede ir por el mundo con una constante paranoia a que atenten contra tu integridad física o psicológica. Cuando más viajas, menos miedos arrastras. Y todo resulta más enriquecedor, incluso las malas experiencias (de las que se pueden llegar a extraer las más magistrales lecciones). Algo aprendido hoy puede servir para mañana.

Conclusión: Mi estancia en Trinidad fue la mar de tranquila. Ni el más mínimo problema. A pesar de tanta reflexión trascendental, no puede decirse que sea, precisamente, una hazaña vivirlo y volver para contarlo. Las miradas verdaderamente inquietantes las encuentras a la vuelta, cuando explicas que has estado 10 días en el Caribe en pleno mes de Octubre.

He estado en Barcelona y me encanta”- comentó Jamie. “¡Es una ciudad dónde hay en la calle tanta gente, de tantos lugares del mundo!. Viajas en el metro y no te sientes un bicho raro”. Ojalá muchos lo pudieran ver así a este lado del Atlántico.

6 Comments:

Blogger el_situacionista said...

Bueno, me has recordado dos cosas. La película No me chilles que no te veo en donde el negro, ciego, empezaba a chillarle al otro "¡¡No me digas que soy negro!! Qué disgusto, madre, qué disgusto".

Y, ya algo más serios, una anécdota. En AL, donde nosotros los europeos uniformizamos a las poblaciones y las consideramos netamente latinas y en absoluto los calificamos como "blancos" sino como indígenas, existe la diferencia de clase basada en la raza. Y nos encontramos hablando con alquien a quien nosotros llamamos "latino" y él se llama "blanco". Al final, muchas de las diferencias -que las hay y que son buenas- las creamos con la mente.

Un abrazo.

26/11/08 17:17  
Blogger Reverendo Pohr said...

Como siempre: prismas para ver las cosas. Así, claro, a todos nos da por mirarnos de forma extraña... hasta que te acostumbras.

Greetings

12/12/08 13:01  
Blogger C.C.Buxter said...

A propósito de lo que dice el_situacionista, es dramático saber que las masacres en Ruanda estaban alentadas por la rivalidad entre hutus y tutsis... que son totalmente indistinguibles para cualquier persona que no sea de ellos.

Es curioso porque, igual que tú, yo no me considero "un blanco": nunca me definiría como tal. La mayoría de las veces estas distinciones parten de los demás, de sus propias obsesiones; el nazismo hizo que muchos judíos tomasen conciencia de serlo, cuando hasta entonces, simplemente, se veían como alemanes.

16/12/08 21:42  
Blogger Reverendo Pohr said...

En este contexto, parece que lo de considerarse "blanco" suena hasta mal.

No estoy seguro que no haber podido eliminar algún estigma psicosocial (el uso del elemento étnico-racial para expresar el "sentirse diferente") o si me ha faltado capacidad creativa para expresar de una manera menos convencional una sensación de inseguridad (real o mental) mayor de lo habitual ante un entorno completamente nuevo.

Lo que sí está claro es que para encontrarte el lado bueno y el lado malo de las personas no hace falta realizar ninguna distinción sobre sus rasgos físicos.

...Aunque cuando las personas se (en)cierran dentro de un colectivo... no siempre suele salir lo mejor de ellos.

16/12/08 22:40  
Blogger C.C.Buxter said...

Lo de que "suena mal" me ha recordado a algo que pensaba hace unos días. Curiosamente, aunque podría decirse que yo pertenezco a todas las mayorías de esta sociedad (soy blanco, varón y español), sin embargo no puedo (o quiero), como individuo, aprovecharme de ninguna de ellas, mientras que quienes pertenecen a una minoría, al ser menos pero estar más "concienciados" de ello, sí que pueden hacerlo.

Me explico con ejemplos. A mí, por ejemplo, nunca se me ocurriría emplear argumentos del tipo "los blancos tenemos que unirnos para ser más fuertes", o "los hombres tenemos que ayudarnos entre nosotros para defender nuestros derechos"; es más, si alguien apelase a mi blancura de piel o a mi sexo para pedirme ayuda desconfiaría de él. Sin embargo, es habitual que ese tipo de discursos se utilicen por parte de minorías raciales o por las mujeres. ¿Quién no ha visto alguna vez en una "serie de negros" el típico episodio de "tenemos que ayudarnos entre nosotros o no lo hará nadie"?

En cualquier caso, aclaro que lo dicho no me parece ni mal ni bien, sino que me resulta curioso que, aunque colectivamente unos sectores sean minoritarios, sin embargo en la práctica, individualmente, pueden llegar a alcanzar mucha más fuerza.

17/12/08 20:41  
Blogger Reverendo Pohr said...

A veces no puedo evitar pensar que mucha gente emplea el victimismo de un colectivo para autopromocionarse individualmente (como miembro y posible referencia de ese colectivo, claro). Ahí destaca la sobreimportancia del interlocutor: aprovecharse de la representatividad de quiénes no hablan, no interactúan, no tratan apenas con los demás, viviendo en su burbuja de protección. Ahí surge el miedo y la desconfianza. Por ese motivo hay que evitar en la medida de lo posible a los interlocutores y vivir ciertas cosas en primer plano.

23/12/08 13:09  

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