lunes, septiembre 29, 2008

Honor y orgullo en Farsalia

"En la guerra, causas triviales producen acontecimientos trascendentales".

Cuando Julio César atravesó el Rubicón con su Legión XIII dirección a Roma, el I Triunvirato ya era oficialmente historia. La antesala del fin de la República de Roma. Aquel gobierno a tres, que una vez instauraron los generales Cayo Julio César, Marco Licinio Craso y Cneo Pompeyo Magno con ánimo de salvar el régimen republicano romano y evitar la anarquía, quedó herido de muerte tras la desaparición de la ecuación de Craso, caído en Carras (en la actual Turquía), y con la definitiva conquista de la Galia a manos de Julio César, convertido en héroe nacional tras su gloriosa victoria en Alesia, (en la actual Francia). Corría el año 52 A.C. y era cuestión de tiempo que las fuerzas de los dos procónsules vivos restantes, César y Pompeyo "El Grande", se vieran las caras en una lucha que iba más allá de la hegemonía personal en Roma. Resultaba curioso lo que ambos representaban: César era patricio (noble), pero contaba con enorme apoyo entre la plebe; Pompeyo era de origen plebeyo, pero ejercía de máximo representante del Senado y de los intereses aristocráticos existentes en él. Sus diferencias nunca fueron un serio obstáculo. Es más, hasta podría decirse que su relación personal, más allá de sus alianzas particulares, no fue nada mala. Hasta que la POLÍTICA se impuso entre ambos.

Inicialmente se evitó el enfrentamiento directo entre las fuerzas militares de uno y de otro. Cuando César llegó a Roma, Pompeyo y los suyos ya se habían retirado del centro del meollo y se organizaban en Brundisium, en el sur de Italia. Tras una obligada espera, César salió en su búsqueda, sin mucho éxito. Conscientes del potencial militar de las tropas del laureado general en la Galia, los pompeyanos rápidamente se refugiaron en territorio griego, más propicio para ellos, provocando un dilema al ejército perseguidor. Si éste abandonaba la península Itálica, dejaba desguarnecida Roma ante las legiones partidarias de Pompeyo "El Grande" en Hispania, al oeste, provincia de la que había sido conquistador; Si no lo hacía, los partidarios pompeyanos y del viejo senado se harían fuertes en Grecia, con tiempo suficiente para forjar una superioridad militar que, en un futuro, les permitiera volver a Roma como triunfadores.

La persecución de Pompeyo y los suyos fue como el juego de "El gato y el ratón". Julio César procuró resolver en primer lugar y con celeridad la amenaza proveniente de Hispania, para así poder centrarse en el frente oriental sin amenazas que pudieran proceder de otros lugares. Aquello otorgó gran ventaja a sus rivales lealistas en tierras helenas, que, a su vez, fueron desgastando poco a poco las tropas cesarianas en el este, aprovechando la dispersión de sus efectivos y sacando rendimiento del mejor conocimiento del terreno por parte de los veteranos pompeyanos. Cuando César, por fin, pudo centrarse exclusivamente en un único frente, se encontró con toda la faena por hacer. Quizá podía llegar demasiado tarde. Su desventaja estratégica podía parecer considerable. Y aquello era algo Pompeyo bien sabía.

Una cuestión de tiempo. Sin necesidad de correr grandes riesgos y manteniendo la lucha a base de escaramuzas, los pompeyanos pronto habrían desgastado lo suficiente a su rival y se hallarían en una situación de evidente superioridad que facilitaría el fin a la guerra. La clave de la victoria final se hallaba en la precavida idea de evitar el enfrentamiento directo, esquivando toda opción a una gran batalla, que supondría conceder una excelente oportunidad a todo un reputado y brillante estratega como era el General Cayo Julio César. Para lograr su objetivo, Pompeyo y los suyos simplemente habían que esperar unos meses o quizá algo más de un año. Los soldados cesarianos no solo nunca les darían caza, sinó que, a esas alturas, estos rivales ya se encontrarían demasiado cansados y desmoralizados como para seguir combatiendo a buen nivel contra ellos.

Sin embargo, alguien le tuvo que preguntar a Pompeyo qué honor y qué gloria habría en ese tipo de victoria. Sería un triunfo pírrico, mediocre y poco brillante, indigno de pasar a los grandes anales de la Historia. Aquella estrategia, aunque efectiva, representaba una negación de la épica. En cambio, más de uno se preguntaba: ¿por qué no acabar a lo grande y volver a Roma como auténticos héroes? El ejército de César estaba ya muy débil, como quedó patente en Dirraquium (la actual Durres albana), y solo necesitaba un golpe de gracia. No aprovechar ese estado de debilidad podría suponer un gravísimo error, ya que le concedería la oportunidad a su contrincante de reconstruir un ejército que, en ese momento, se encontraba exhausto y en clara desventaja numérica. Esperar, simplemente, que transcurriera el tipo hasta que el enemigo se rindiera no era manera de obtener el merecido reconocimiento en Roma como salvadores de la República. ¿Para qué, sino, habían estado luchando todos aquellos meses?. Estaba claro, había que intentar vencer a lo grande.

Y de esta manera, ambos bandos decidieron jugárselo todo a una carta en Pharsalos (Grecia). El vencedor se lo llevaría todo; Al perdedor, solo le quedaría la deshonra de la huída.

Venció César. Él y sus soldados no tenían nada que perder y todo por ganar. Y se lo llevaron. En cambio, Pompeyo lo perdió todo y escapó a Egipto. Allí sería traicionado y asesinado poco después. Y, de esta manera, la II Guerra Civil de Roma llegaría a su fin.

2 Comments:

Blogger C.C.Buxter said...

Otro ejemplo más de que, como diría Clausewitz, la guerra es la continuación de la política por otros medios. Aunque parezca mentira, a veces las acciones militares no persiguen objetivos militares, sino políticos; ahí está el ejemplo de Franco, que tenía a tiro de piedra la conquista de Madrid y, sin embargo, prefirió liberar el Alcázar de Toledo, con lo que se apuntó un buen tanto de cara a liderar su bando. O el lanzamiento de las bombas atómicas, que perseguían no tanto evitar las bajas que supondría una invasión de Japón como lanzar una velada amenaza a la URSS de cara a la posguerra mundial.

El honor, la gloria. Recuerdo que en "La delgada línea roja", el oficial del ejército estadounidense interpretado por Nick Nolte le confiesa a su subalterno, que le recomienda que deje descansar a sus tropas, que no lo va a hacer porque él nunca ha tenido una victoria gloriosa, y que está a punto de conseguirlo: la vanidad antes que cualquier otra cosa.

¡Qué mundo el de antes, cuando ganar no lo era todo! ¿De qué hubieran vivido Capello, Benítez, Mourinho o Cúper?

6/10/08 10:33  
Blogger Reverendo Pohr said...

Como la frase de Clemenza en "El Padrino": "Cada cierto tiempo hace falta una guerra para que salga la mala sangre". Y mantener un ejército supone un alto coste y si está inactivo (no es lo mismo un simulacro que la lucha real) acaba por "oxidarse" y luego su rendimiento en batalla baja muchos enteros. Eso por no decir que, tras estados prolongados de guerra, los soldados licenciados son un problema porque les cuesta horrores, tras tanta atrocidad, adaptarse a la pacífica vida de civiles.

La mayoría prefiere la paz si disfruta de ella. Cuando no ocurre así, tarde o temprano suenan los tambores.

Es curioso: has citado cuatro "oficiales" y todos son de origen latino. Y por las estrategias que siguen, posiblemente, hubieran sido capaces de derrotar Julio César, que obtuvo grandes victorias (como Alesia o Farsalia) aprovechando al máximo la ansiedad y la precipitación de sus rivales.

Greetings

6/10/08 22:30  

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