lunes, octubre 27, 2008

Liberty Printed

¿Es tan exagerado como dicen?
Bueno, ciertamente la entrada en Estados Unidos no viene acompañada de una cálida bienvenida. Ni siquiera cuando solo estás de paso. Los rigurosos controles de entrada pueden generar la sensación de que se abre ante ti una novedosa carrera de obstáculos en la cuál debes demostrar que no eres ni un delincuente ni un criminal de malvadas intenciones. El primer trámite no deja de sorprender: la obligación de rellenar para el Control de Inmigración un formulario (color verde) con preguntas sobre el posible curriculum criminal de uno mismo y sobre potenciales intenciones de delinquir en territorio norteamericano. Del estilo ¿Tiene pensado cometer actividades terroristas? , ¿ha estado relacionado con actividades delictivas o con el tráfico de drogas? o ¿Ha tenido alguna relación con las actividades del gobierno nazi o sus aliados entre 1939 y 1945?. Suena a chiste, pero más vale tomarselo en serio: un SI a cualquier pregunta supone tu denegación automática de entrada.
Si hubiese podido elegir con anterioridad, hubiera preferido coger la conexión entre vuelos sin tener que pisar oficialmente territorio norteamericano. La imagen mental de meticulosos y exhaustivos controles realizados por agentes exentos de cualquier gesto de simpatía o cordialidad y dispuestos a sacar la pistola al menor atisbo de duda pues, la verdad, no me inspiraba mucha confianza. No es por nada, pero que te registren el equipaje como si estuvieras escondiendo algo y te traten con tanta desconfianza, es cuanto menos incómodo. Sin embargo, no había alternativa: todos los pasajeros de mi vuelo Madrid-Miami debían cumplir con todos los pasos de desembarco: Inmigración, recogida de maleta, aduana. Y, si proseguías tu viaje, tocaba una nueva facturación de equipaje y su correspondiente paso por Rayos X. Así que ya te lo podías tomar con calma.
En el Control de Inmigración es dónde puedes perder más tiempo. Allí se acumulan los pasajeros de todos los vuelos y, a diferencia del Control Aduanero, que es selectivamente aleatorio, todos y cada uno de los pasajeros deben atraversarlo para recibir su visado de entrada. Para ello, deben contestar a unas preguntas del oficial de turno y prestarse a ser fotografiados por una Webcam. En virtud de la cola que haya tocado, te toman más o menos huellas digitales: en la ida, a mi me tomaron las de los dos dedos índices (primero el derecho, después el izquierdo); en la vuelta, fueron cuatro dedos de cada mano (primero la derecha, después la izquierda) y luego los dos pulgares juntos. ¿Por qué esta diferencia? Todavía sigo sin saberlo.
Tras la forzosa recogida de equipaje, toca el paso por Aduana. Entregas el formulario declarativo (color blanco), conforme no pretendes introducir nada extraño en territorio estadounidense (eso incluye productos animales como el embutido, plantas o incluso semillas) ni procedes de ningún entorno susceptible a ser examinado (como una granja o un matadero). Con un poco de suerte no te hacen el registro aleatorio, el cuál te retendría un tiempo de más en el aeropuerto. Y, de esta manera, entras oficialmente en la "Tierra de las Oportunidades".
Salir de Estados Unidos es relativamente sencillo: has de entregar el resguardo de inmigración (color verde) al operador de tu transporte. Si viajas en avión, lo entregas a la persona de la aerolinea a la que entregas la targeta de embarque (se supone que no hacerlo puede retrasar tu entrada en Estados Unidos en un futuro). Ahora bien, para embarcar has de pasar previamente por el control de metales, para el cuál hacen descalzarse a todo el mundo, amen de quitarse el cinturón.
A la hora de la verdad, una vez superado tanto trámite, te sientes más tranquilo y piensas que, quizá, no haya sido para tanto. Pesado, lento, requerido de paciencia. Sí, es posible. La ventaja que tiene el aeropuerto de Miami es que la gran mayoría de los oficiales de policía y trabajadores allí empleados son de origen latino y, por tanto, hablan en español (incluso entre ellos). Eso te permite entenderles más fácilmente (en inglés siempre se te puede escapar algun detalle o empujarte a pedir te repitan algo que no hayas entendido por el acento que tienen allí, lo cuál, no siempre es aceptado de buen grado: una cosa es repetir algo que no se ha entendido, pero si te han de explicar cualquier cosa dos o más veces, es normal que la otra persona se ponga algo borde.). Generalmente la gente me pareció bastante agradable. Si ninguna circunstancia extraordinaria obliga a un estado de especial vigilancia, te queda la sensación de se puede "sobrevivir" sin problema a tanto incómodo procedimiento dentro de este reto que, cada vez más, parece que es viajar por el mundo en general y transitar por Estados Unidos en particular. Todo es experimentarlo. Sobretodo cuando pasas por el País de la Libertad.

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2 Comments:

Blogger C.C.Buxter said...

Hombre, ¡bienvenido al hogar!

De los trámites para entrar en Estados Unidos no tengo ninguna referencia directa, pero si recuerdo las divertidas páginas que Antonio Muñoz Molina escribió en "Ventanas de Manhattan"; si mis recuerdos no fallan, también te preguntan si llevas caracoles u otros animales exóticos ¿e ilegales? Lo que no sabía es que uno no puede llevarse un bocadillo de chorizo...

Teniendo en cuenta que a mí lo que me da miedo es el avión, pasar trámites en tierra me parece secundario. Aunque eso de que por querer coger un avión uno pierda sus derechos y pase a ser potencial terrorista... Además, que me pregunten por mis relaciones con los nazis no me inquieta, pero si intentan escarbar en mi turbia y secretísima intervención en la voladura del Maine...

Estaré atento a las siguientes entregas.

28/10/08 9:59  
Blogger Reverendo Pohr said...

Gracias!

Efectivamente, has de ir con cuidado con tus bocatas. Pregunté a una azafata española de American Airlines y me respondió que, si me registraban, no me dejarían entrar los bocatas. Me recomendó que me los comiera en el avión: "Te puedo decir que sabrán mejor que cualquier cosa que te demos de comer en este avión. Yo lo tendría clarisimo". Y seguí su consejo.

Fue gracioso. Tras un vuelo de 8 horas, saqué el embutido que me quedaba y hube de comérmelo antes de aterrizar. Dos azafatas (parecían estadounidenses) se quedaron sorprendidas y no sabían cómo tomárselo. Pude escuchar su conversación sobre si era normal o no lo yo que hacía. Finalmente, una preguntó a la otra si sabía si aquello era una costumbre a lo ésta última respondió: "No sé, tú lo sabrás mejor. Has estado más veces en Europa". Preferí callar y tragarme hasta la risa que me entraba.

Seguiremos informando...

30/10/08 18:31  

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