jueves, abril 09, 2009

Centauros sobre la tierra

Extraño día fue aquel en el cuál, los centauros, seres inquietos mitad-hombre mitad-caballo, tuvieron una extraña charla con la Madre Naturaleza. Ya se sabe, estos seres mitológicos parcialmente equinos son seres de fuego y estudiosos del cielo y las estrellas, por lo que no parecen especialmente destinados a tratar con los seres de tierra. Pero los seres de tierra, tan incompatibles con los de fuego, a veces nacen bajo extraños designios, dado que, según el zodiaco oriental admite que, en determinados años, aparezcan seres terrestres nacidos bajo el símbolo del caballo. Y pueden hablar con ellos.


De los cuatro elementos, agua y tierra hacen buenas migas, mientras que fuego y aire están más vinculados. Pero los elementales conviven juntos, después de todo, y bien es sabido que el magnetismo llega a unir a opuestos y a enfrentar a los iguales (a pesar de la famosa "Ley de Atracción" de los libros de autoayuda, que no dejan de manifestar una tendencia más proclive). Por ese motivo, el contacto de un centauro con un elemental de tierra suele ser muy contrastado... pero también atractivo. Casi se diría que se podrían temer. Pero la curiosidad es una constante en los seres volátiles y, evidententemente, los seres permanentes esconden grandes secretos que los hacen más sorprendentes que los demás: apenas salen de la tierra, pero cuando lo hacen, no pasan inadvertidos.


Y así fue que, en cierta ocasión, un centauro se prestó a echar un pulso con un espíritu de la tierra (como los que invocan algunos chamanes). No tenía niguna necesidad y podía rechazar el envite. No obstante, la curiosidad era mayor que la idea de conveniencia o inconveniencia y cuando se quiso dar cuenta, ya era tarde. El espíritu terrestre no iba a permitir que una criatura que camina sobre la tierra se fuera sin saber acerca de las consecuencias que comporta tentar a quiénes surgen de la superficie sobre la que camina. El fuego puede arrasar la vida que hay sobre la tierra; Pero la tierra puede ahogar el fuego y cortar su expansivo camino. No puede decirse que serían un enemigo fácil.


Iluso centauro aquel fue el que pensó que, como guerrero, podía trotar un terrero indómito sin obtener respuesta. La Tierra estaba presta a revelarse cuando el atractivo intruso postrara sus patas sobre ella. El equino que hace ciencia de observar el cielo estrellado se encontró un día que, a sus pies, alguien gritaba más alto que desde cielo. El desafiante centauro no quiso aceptar que estaba desconcertado. Pensó que siempre habría podido trotar libremente, sin obstáculo alguno que le inquietara. Pero esta vez era diferente. Algo se rebelaba bajo él. No quería asimilar que un poder pudiera surgir a sus pies. Y aunque los espíritus de la tierra no son traicioneros, si pueden ser contundentes. Poco importa que sus intenciones no fueran amenazadoras, y que solo quisiera hablarle y conocerlo. El ser de fuego raramente puede reprimir su inquietud. Se mostró desafiante.

Un encuentro entre el centauro y el espíritu de tierra raramente es realmente idílico. Son seres muy diferentes. En cierto modo, su relación tiene un cariz más bien espiritual, romántico más bien, porque materialmente son distintos. Atracción y rechazo comparten esfera. Sin embargo, una vez el centauro se marcha, algo pocas veces evitable porque no tiene porque ser retenido, no puede evitar echar la mirada atrás. Quizá no tengan nada en común y lo normal sea que cada uno siga su camino: uno marcha, el otro permanece. No obstante, no es ajena una extraña sensación, que ese momento en común fue raramente hermoso. Tal vez porque solo fuera un momento. Pero, aún así, ya nada volvió a ser igual.

2 Comments:

Blogger Petrarca said...

Ay, ¡qué días aquellos cuando el desierto nos parecía eterno y la frontera infinita! Y llevábamos sombrero para que no nos molestara el sol de la tarde. Pero que sigan subiendo la gasolina, a ver si así nos volvemos a la Pampa.

9/4/09 13:56  
Blogger Reverendo Pohr said...

Lástima que los seres humanos tengamos tanta cobarde predilección a poner límites. Los cercos destrozan la tierra, pero hay quién, por miedo, sigue empeñado en poner vallas. Hasta que llega el día, quizá demasiado tarde, en que se descubre que vivir encerrado cohíbe mucho más la libertad.

Me temo que hay centauros que tienen demasiado miedo y corren el peligro de quedar eternamente encadenados, algo mucho peor que toparse con quién no deberían.

16/4/09 15:19  

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